Un cuento corto

La mañana que salí de casa directo a la farmacia, me fui pensando todo el camino: «¿No estará exagerando?, ¿Será que sí hay un bebé ahí dentro?, ¿Y si sí, ella va a seguir acomodando mi cabeza sobre la almohada todas las noches? ¿Será que voy a sentir los mismos celos que me queman los cachetes cuando le dice “hija” a alguien más?».

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Para ese momento, La Negrita ya había tenido dos abortos espontáneos. Del primero es poco lo que tengo en mis memorias; lo único que sí recuerdo, es que me tuvieron que explicar varias veces qué era un legrado. Al final no entendí y tampoco insistí mas. De la segunda vez que perdió un hijo, sí tengo una imagen muy clara: bajé las escaleras buscándola en el cuarto del primer piso, el del fondo, ese que no era mío ni tampoco de ella. Llegué a la puerta en silencio y la vi, su cuerpo encogido en posición fetal se perdía en la inmensidad de una cama. Me quedé un rato de pie, con la mirada apuntando hacia el piso, jugando incómodamente con los cordones de mi zapato. Me parece que ella nunca supo que yo estuve ahí, mi voz no fue capaz de romper el sonido constante de su llanto.

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Legrado: procedimiento médico en el que, mediante un instrumento metálico, se raspan las paredes del útero para succionar y retirar los restos de un hijo muerto que el cuerpo no pudo expulsar de forma natural.

(o no quiso).

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En los días en los que me cuestiono la vida, me reprocho mucho la cantidad de veces que la escuché llorar y no supe qué decir. Aunque, muy honestamente, no sé qué reparo hubiera logrado el consuelo de una niña de trece sobre los dolores de una mujer de treinta y dos. ¿Quizás hacerle sentir que no estaba sola? ¿Hacerle saber que, por más que se esforzara en mentirme, yo la escuchaba cada que se levantaba a llorar en el sofá a la medianoche?.

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Los días se fueron llevando la tristeza de un bebé que nunca llegó y, en su lugar, fueron dejando la incertidumbre de exámenes de sangre alterados y opiniones médicas que cambiaban radicalmente de un día para otro. Lo único que yo pude procesar a esa edad era que no había manera de que llegara un bebé: su cuerpo no estaba trabajando correctamente para poder “fabricarlo”. «Bueno, eso no es tanto como un problema; simplemente no va a haber más bebés y ya está», pensé. Ojalá el corazón de una mujer que anhela ser mamá lo entendiera con esa misma fluidez.

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Por eso, esa mañana que iba caminando hacia la farmacia, la incredulidad no me dejaba entender del todo el mandado: “Hija, ve y compra una prueba de embarazo”.

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-CC

¿Puede una prueba de embarazo desatar un recuerdo así?

Gold Coast, Australia

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