Llevo tanto tiempo escribiéndole al desamor, que no sé cómo empezar a acomodar las palabras para hablar de ti.
A la vez, llevo tanto tiempo sin escribir, que en términos de práctica, estoy oxidada, pero hay tanto de nosotros que necesita salir de mi, no por malestar, sino porque quiero que El Papel sea testigo de lo que somos, necesito confiarle este amor al único lugar que siempre ha sabido sostenerme y al que siempre regreso: mi escritura.
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Mono, El Papel ya sabe cuál es tu nombre, no es la primera vez que visitas mis escritos. Pero, francamente no se si él pueda creerme todo lo que tengo por contarle. Quizá un buen comienzo sea decirle que estamos parados en un puerto muy distinto, muy lejano del que nos deje la última vez que le hablé de nosotros.
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Me parece que le va a resultar muy difícil creerme que en este presente somos compañeros de desayuno cada domingo, que aún no compartimos la misma cama todas las noches, pero cuando amanecemos juntos, tenemos un ritual no pactado pero muy establecido de llenarnos de besos y mimos antes de activar el día.
Que sepas de paso, que a partir de este momento de mi vida, me rehúso a aceptar un despertador diferente a tus labios paseándose por mi cara y a tu voz diciendo: “buen día chiquita”.
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La versión de ti que él conoce no baila en la cocina, no canta cumbias a todo pulmón y no se ríe cada cinco segundos; así que perdóname si le revelo que tú, en una cocina, entre tartas, una cerveza y Los del Fuego sonando de fondo, eres la versión más genuina de ti mismo.
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Desde el momento cero sabe que tu boca es mi debilidad, así que mucho no le va a sorprender cuando le hable de las noches en las que nos hemos hecho uno solo, viviendo en los ojos del otro y muriendo en nombre del amor.
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No quiero detenerme mucho en los baches que se nos han cruzado en el camino, pero si tiene que saber que en esos momentos en los que te has desvestido el orgullo y lo has lanzado al vacío para cuidar de nosotros, yo no he podido hacer más que mirarte, aprender y lanzarme a tus brazos de vuelta.
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El Papel sabe cuántas veces dudé si este momento iba a llegar. Hoy, cuando le hablo del 16, de lo que puede ser una simple coincidencia pero que yo romantizo porque me recuerda a ella, siento como me sonríe entre mis propias líneas.
Y solo para efectos de sostener el drama y que sepa lo mimada que me siento por ti, le voy a contar de la vez que lloré porque pensé que nunca más ibas a ser tú quien me endulzara el café con miel.
Gracias a esas lágrimas porque solo se quedaron conmigo un par de días, y gracias a la vida porque en las mañanas, sigue siendo tu voz quien llama mi nombre antes de que el café se enfríe.
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-CC
Amor, vine hasta aquí pa’ encontrarnos.
Gold Coast, Australia

