La negra

Me había acostumbrado a vivir una vida en donde los días pasaban y yo no me acordaba de ella. La vida estaba llena de ocupaciones; la adultez entró de golpe y sin pedir permiso. Podían pasar semanas sin siquiera recordar la vida en la que ella existió, pero desde el momento en el que Eric cruzó esa puerta y me dejó a mi suerte, no hubo un día en el que no la pensara.

 

“Si superé la muerte de mi mamá, puedo superar un divorcio”. El drama siempre ha sido cosa mía y bueno, esa fue una de las frases celebres que usé como remo para sobrevivir el mar de incertidumbre que vivía por esos tiempos. Abrazar esa idea no sólo fue la manera de recordarme que puedo avanzar, fue también la punta de lanza que rasgó un costal de recuerdos.

Cayeron todos frente a mi y su ruido hizo eco en medio del vacío de esas 4 paredes.  Ahí estaba ella, Jeimmy, mi mami, en medio de memorias amontonadas y en desorden.

 

Llevaba años sin volver a esa herida y no tardé mucho en darme cuenta de que la percepción era completamente distinta, mi piel ya no la sentía igual, y tampoco dolía de la misma manera.
Lo que empezó siendo una ventana de salida a la tristeza, fue también una puerta de entrada a la liberación. Esa noche fue la primera vez que dejé de llorarla como hija y empecé a compadecerla como mujer.

 

Mami era joven, al punto en que, a veces, en medio de risas discretas y miradas cómplices, nos presentábamos frente a desconocidos como hermanas. Tenía piel morena; en la casa y en el barrio le decían “la negra”.  Su cabello era negro y sus dientes, blancos y grandes. Tenía un cuerpo voluptuoso y mucha actitud para poseerlo. Nunca llegamos a esta conversación, pero ahora sé lo mucho que disfrutaba ser mujer. Se delineaba sus labios carnosos con un lápiz de color vino mezclado con café y se enroscaba el capul con un cepillo viejo de cerdas gruesas. Usaba faldas de jean cortas y botas tejanas largas.  Al salir de casa, desde la vecina, hasta el portero del edificio, todos se quebraban ligeramente el cuello cuando cruzábamos por el lado. De camino a la tienda saludaba a don Humberto, al Zapatero y un par de casas más adelante a la Sra. Tereza, quien siempre nos miró con desprecio.

—Mire, mire, esa es la muchacha que tiene el marido en la cárcel. La escuché decir un día cuando cruzamos por el frente de su puerta.

 

Mami nunca dejó de dar motivos para ser blanco de críticas, porque, aparte de la captura de mi papá (información que era de dominio público en el barrio), era una mujer joven, radiante y coqueta; y todo eso junto dejaba un sinsabor en bocas ajenas.

 

La mayor parte de su vida la vivió con el corazón roto. La vi llorar muchas veces en el sillón a la media noche; nunca me lo admitió, pero hoy sé que todas fueron en nombre del amor, excepto el diciembre en el que falleció el abuelo.

Y ahí estaba yo, no en la misma casa ni en el mismo sillón, pero sí en el mismo punto. En ese momento de mi vida me sentí condenada a repetir historias de amores fallidos, de malas decisiones, de nubes de drama y de hombres incapaces.

 

“Un corazón roto es una de las mayores pistas que nos ofrece la vida”, dijo la maravillosa Glennon.
Yo quería reconstruirme desde la raíz y fue ahí donde supe por dónde empezar y también que tenía mucho por escribir.

 

 

-CC

Escritura: agárrame incluso cuando yo te suelte.

Gold Coast.

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