Me fui a tomar un café con mi yo de hace 3 años.
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Ella llegó 10 minutos tarde, yo llegué a tiempo.
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Ella quería escoger la mesa escondida de la esquina, yo le pedí que nos sentáramos afuera, en la mesa donde pegaba el rayito de sol.
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Ella ordenó un iced latte con crema batida, yo ordené un flat white con leche de almendras.
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Ella comenzó la conversación, sin que yo le preguntara me dijo que estaba bien, pero estaba reteniendo el llanto y tratando de enderezar la voz.
Yo le dije que tranquila, que podía llorar todo lo que necesitara, que conmigo no tenía que aparentar.
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La escuché con rabia decir que se sentía sola. En ese momento la interrumpí, le dije que soltara ese sentimiento, que los malos tiempos también son filtros y depuran lo que ocupa espacio pero no aporta.
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Ella me contó de sus errores, me habló de amores y promesas.
Yo la escuché, no la juzgué, pero le expliqué que con el tiempo iba a entender que hay lugares a los que no pertenecemos y que hay amores para los que simplemente no estamos hechos.
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Ella me habló del miedo por perder esa vida que tanto le había costado construir. Yo la miré a los ojos y le lancé una risa sutil. “Un día te vas a ir a dormir y vas a escuchar la voz del mar entrando por tu ventana”, le dije.
Perdemos algo cuando lo merecemos, pero no tengas miedo, que lo mejor está por venir.
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Ella me contó lo avergonzada que se sentía con ella misma, me habló de lo poco satisfecha que estaba con lo que era.
Yo le dije que eso iba a cambiar, que un día se iba a mirar con ojos de amor y se iba a sentir muy orgullosa de lo que era y de lo que había logrado.
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Al final, ella pidió que dividieran la cuenta, yo le dije que tranquila, que yo invitaba.
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Al despedirnos, nos quedamos en silencio por un momento mientras nos mirábamos a los ojos. “Confío en ti”, dijimos en una sola voz.
-CC
Querida yo, confío en nosotras.
Gold Coast, Australia.