La casa de los abuelos

Los abuelos llegaron del campo a la ciudad. Parece que nadie tiene el dato exacto, pero es muy probable que haya sido a principios de los 60 ‘s.

La vida humilde fue la única que conocieron, nunca hubo rastro de herencias o negocios familiares y ninguno portaba apellidos importantes.

 

El abuelo Luis fue chofer toda su vida. En sus años mozos, conducía una buseta de transporte público que atravesaba la ciudad de sur a norte. La abuela Graciela trabajó limpiando oficinas y casas. En una de esas, conoció a doña Mónica, quien la hizo su empleada de confianza y nana de sus hijos por largos años, hasta que se pensionó.

 

En pleno sur de la ciudad, entre barrizales y potreros, los abuelos lograron comprar un pedazo de tierra. Levantaron un par de muros de concreto, instalaron un portón verde y comenzaron a echar raíces.

 

Como muchos matrimonios de la época, la unión se sostenía, básicamente, de forma transaccional. Juntos eran un equilibrio de necesidades y apariencias. 

El abuelo Luis era un hombre fornido y lo suficientemente saludable como para aguantar largas horas de trabajo. La abuela Graciela, una mujer guapa con caderas generosas, capaces de parir tres o más hijos; tenía dotes de cocinera y era una buena ama de casa. 

 

Se acompañaron hasta la muerte tal cual lo mencionó el cura cuando los casó, pero me parece que, entre la lista de razones por las que los abuelos pudieron haber decidido casarse, el amor fue la última. Quizás, duraron tanto, porque, para ese entonces, el deber cumplido les daba más prestigio que cualquier voluntad personal, o, simplemente, porque la palabra divorcio les era desconocida. 

El abuelo no era el tipo de hombre que llevaba flores a casa. Por lo general, se llenaba la boca de palabras sucias y malhabladas, antes de pronunciar el nombre de la abuela, y ella correspondía perfectamente a ese desprecio y enojo.

 

–Que se muera ese sinvergüenza y me deje descansar de una vez por todas –me dijo la abuela un día en tono despreocupado, como si ese sinvergüenza no fuera su marido, como si no le diera pena admitir a voces el sentimiento que él realmente le inspiraba.

 

El cariño y cuidado que hizo falta entre ellos, les sobró para el resto. Eran los primeros en llenar el árbol de Navidad con regalos, la abuela cocinaba siempre delicioso y si era semana de cobrar la pensión, el plato del día subía de nivel. El abuelo, de una u otra manera, encontraba sus formas de hacernos saber queridos. Siempre estaba dispuesto a hacer algún préstamo de dinero para sacar a alguno de cualquier apuro, o de la nada nos daba un apretón en los cachetes, con una fuerza que, para nosotros emanaba todo menos ternura. 

 

La casa de los abuelos nunca tuvo lujos, tenía más penurias que comodidades pero, como en toda familia tradicional colombiana, fue el abrigo de nuestra niñez y el punto de partida desde donde nos echamos a andar al mundo. De esa casa, heredé la costumbre de comerme una arepa por las tardes, me quedé con el hábito de recurrir al tinto; incluso, hasta para tomar una pastilla y si me ponen un Parques enfrente voy a saber cómo jugarlo hasta con los ojos vendados.

 

Del abuelo no tengo muchos recuerdos. Nunca hice parte del clan de nietos favoritos; me faltaba un par de testículos y pelo corto para encajar ahí. Hecho que no me generaba ninguna preocupación en ese entonces. Para mí, el abuelo sólo era la figura de mayor autoridad en la casa, se le debía mirar y tratar con respeto, aunque no se estuviera de acuerdo con él, y esto último me pasaba todo el tiempo.  Como la vez que nos hizo abandonar a Sasha, una perra callejera con intentos de labrador que entre todos adoptamos. A él no le gustaban los animales y eso era motivo suficiente para deshacernos de ella. 

 

Pero mi abuela, ay mi abuela…

Me fascinaba acurrucarme a dormir con ella. Cuando se recostaba de lado, sus piernas formaban una montañita perfecta donde yo podía colgar las mías. 

Con los años, mis piernas se fueron haciendo más grandes y las suyas cada vez más pequeñas. La ilusión de sentir que mis pies se balanceaban sobre una pendiente se fue desvaneciendo, pero el sentimiento de poder dormir profundo en un lugar seguro, siempre se quedó. 

 

Aún duermo así, aunque no en todas las camas y no en todas las noches.

 

Siempre pensé que ella estaba hecha de una madera distinta al resto. Mientras todos éramos un tablón de refique blando, ella era un trozo de roble: firme, recio, indestructible.

Después de que el abuelo y sus dos hijas murieron, las vecinas ya no la volvieron a ver igual. La miraban con un aire de respeto, mezclado con incredulidad y duda. No sabían qué remedio había bebido, o a qué ungüento había recurrido, hasta bruja la creyeron. No lograban entender cómo seguía en pie después de velar 3 muertos, uno tras otro. Ninguno de nosotros lo entendió tampoco. La familia siguió en pie, porque si no caía la abuela, ¿qué derecho teníamos nosotros de hacerlo?

 

El día en que la abuela Graciela murió, me despedí de la última mujer que quedaba y que me crió. Ese día llegué al pie de su cama. Había voces al fondo en la cocina, pero yo reconocí ese silencio: la ausencia de ruido cuando la muerte habita, huele y se percibe distinto, como si el mundo se oyera detrás de un vidrio espeso. 

 

Me quité los zapatos, levanté las cobijas y me acurruqué a su lado. Puse mis piernas junto a las suyas. Sostuve sus manos arrugadas y pequeñas entre las mías y mi cuerpo hizo todo el intento por combatir el paso inevitable de los minutos que cada vez ponían su cuerpo más frío. 

 

No hubo llanto. Estaba ahogada en suspiros profundos. Sólo podía pensar en la lista de cosas que debía aprender a vivir extrañando; cada vez se hacía más extensa.

 

La abuela tuvo unos últimos años muy difíciles, es como si la vida le hubiera exigido ponerse a cuentas a último minuto, así que dejarnos, para ella, implicó una quietud muy merecida.

 

Para los que quedamos, su muerte fue el filo que cortó todo lo que nos tejía. La casa de los abuelos nunca volvió a ser la casa de los abuelos; la comenzaron a habitar extraños, se reformaron los pisos y los techos. Todos los achaques que estaban llenos de recuerdos, desaparecieron. 

 

Pensar en la casa de los abuelos es pensar en mi madre, en mi tía y en mi abuela. Es pensar en las manos que me cuidaron. Es recordar a las mujeres que prepararon el suelo, plantaron la semilla y regaron la tierra. A ellas me debo.

 

Tengo muchos recuerdos de lo que fue esa vida. Aunque no tantos como quisiera.  Algunos se han ido disolviendo con el pasar de los años, así que he recurrido a la escritura como fuente de consuelo y cómplice de memorias. Hay mucho que quiero dejar aquí escrito, para mi, para los míos. Para no olvidar todo eso que aún recuerdo y que no hablo con nadie.

 

 

 

-CC

Material de una vida pasada.

Gold Coast, Australia

 

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