Mi sol.

—Hay despedidas en un hospital, en un velorio o en una cárcel, esta por lo menos, va a ser en un aeropuerto— dijo Marcela, apelando a su más recurrente e infalible medida para subirnos el ánimo en momentos como este: hacernos sentir que las cosas siempre pueden ser peor.

En medio del ruido del ambiente, su voz se fue desvaneciendo y yo comencé a perderme en mis adentros:
Ella siendo como siempre, pensé. Es como si Marce cargara de sobra un puñado de sabiduría en su bolsillo y, en momentos como estos, echara mano de ella para salvarnos de nosotros mismos.

 

A los que piensan que yo siempre tengo las palabras precisas en el momento correcto, les agradezco el cumplido, pero eso no es más que una virtud aprendida.
Marce es un sol, de esos que alumbran bonito, de los que rozan las mejillas sin quemar. Ella es como esa canción llena de ritmo que te pone a mover la cadera porque sí, o como ese postre favorito que tiene el dulzor en el punto perfecto porque no empalaga y que bien sabe. No importa lo que preguntes, Marce siempre tiene la respuesta correcta, no porque todo lo sepa, sino por la sonrisa que acompaña lo que dice.

 

Juntas le hemos tenido que hacer frente a la vida, viviendo cosas que, esperaría, ninguna niña tuviera que vivir a la edad en que a nosotras nos tocó.
Se convirtió en mi persona favorita cuando cumplí los 12; era mi referente de moda para ese entonces. Quería usar ballerinas de todos los colores y jeans ajustados, tal cual como lo hacía ella. Quería comerme las papitas de paquete de la misma forma en que lo hacía ella, metiendo la mano en la bolsa con tanta sutileza que los de mi alrededor iban a dejar de verme como niña y empezarían a tratarme como una mujer adulta.

Cada fin de semana que visitábamos La Picota, yo quería estar a su altura. Tan madura. Tan llena de vida en medio del caos. No se asustaba fácil. Nos recuerdo caminando un día, en medio de ese pasillo lleno de mujeres, esposas de presos, que pensaban nos estábamos colando en la fila, insultándonos y gritando cuanta vaina se les ocurría. Mis piernitas flacas se aturdieron y comencé a sentir ganas de llorar. Ella siguió caminando firme, apretándome de la mano mientras daba pasos largos hasta sacarnos de ahí.

 

¿Me entienden a lo que me refiero? Espero que sí, y espero que, entre líneas, estén pensando en quién es su “Marcela”.

 

A los 14, para cuando mami se fue, durante esos dos primeros días de trance y recolocación en la realidad, no quería que nadie diferente a ella me hablara o siquiera se me acercara. En mi cabeza adolescente, llena de confusión, todas las condolencias acompañadas de un “lo siento” estaban llenas de hipocresía. Ninguno de ellos, a excepción de mi hermana, conocía la tristeza de tener una madre muerta.

Siempre he creído en Dios, pero a esa edad no tienes la fé lo suficientemente madura como para creer que lo divino te sostendrá. No tienes certeza de nada, no sabes ni siquiera quién eres; estás en la edad del cambio, de lo inconstante.
De la pérdida de mi mamá a los 14 años, me salvó mi hermana. Marce fue el muro de contención que evitó el derramamiento de mis partes.
Lo único que me aseguraba que yo iba a sobrevivir a ese momento de mi vida, era ella. Ya lo había hecho, y casi a mi misma edad. Yo solo tenía que poner mis ojos en ella, repetir sus movimientos y confiar en qué ella iba a saber que hacer cuando yo no.

 

Esa última frase escrita, “ella sabrá qué hacer”, fue lo primero que pensé esa mañana de noviembre, cuando sentí el divorcio respirándome en la nuca. Pues esa vez no fue la excepción. Entré a esa cafetería con una sola cosa clara: tenía que llamarla. Todo lo demás era una nube de confusión, cagadas y lágrimas. Después de dos horas al teléfono, salí de ahí sin nada resuelto pero con el cielo despejado.

Pudiera quedarme horas hablando de lo que es Marcela en mi vida, de cómo me siento cuando escucho su risa a menos de un metro de mi, de lo que me representa el puto peso de la distancia entre las dos, de cómo se me apaga el alma cada vez que me tengo que despedir de ella. Pero ahora mismo, distancia y despedida, son dos palabras que me están estrujando el corazón. Eso es tema pal’ que sigue.

 

 

 

—CC

Una buena musa + una espera en la sala de abordaje.

Miami, USA.

 

 

 

 

 

 

1 comentario en “Mi sol.”

  1. Que lindo escribes mi amor, sé que lo haces con el corazón y debido a tu vivencias, que linda forma de plasmar sobre un papel tu sentimiento y también tu experiencia, que linda su complicidad y el apoyo mutuo, deben sentirsen privilegiadas de ser hermanas, porque cuántas en esta vida quisiéramos tener una así y solo tenemos gorsofias como diría tu papá jajajajaja las amooooo

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